OPINIÓN
Por: Jorge Urzola Rego
El próximo 18 de octubre se cumplen 32 años de la muerte de Luis Carlos Galán. Fue un crimen aleve, al parecer largamente meditado y preparado, que resultó en el fin del Estado de Derecho del cual en aquellos momentos nos sentíamos tan orgullosos. Aún estaba caliente el cadáver, y ya se formulaban sindicaciones, cuando ni siquiera uno sólo de los presuntos autores había sido aprehendido todavía. Decretos redactados con anterioridad al suceso y listos para la firma presidencial, se rubricaron aprovechando el acaloramiento, y todo contribuyó a hacer pensar que se trataba de un crimen de Estado sigilosamente urdido en la sombra con la inequívoca intención de lograr ciertos efectos políticos y económicos al socaire de la confusión. Recuerdo que los encargados de regir las primeras acciones investigativas, fueron los mismos que tenían el delicado encargo de proteger –con poca fortuna como fue evidente-, la vida del precandidato asesinado. Y su locuacidad contrastaba con la tradicional reserva y cautela que suele distinguir a los jefes de los servicios secretos más calificados, en casos semejantes. Hubo un ansia mal disimulada de protagonismo, para desdoblar a un jefe de detectives en presentador de televisión y líder de opinión, con el objetivo de producir, sin pruebas fehacientes a la mano, resultados favorables a ciertos designios, y orientar en un determinado sentido las reacciones públicas para prejuiciar (contra toda imparcialidad y neutralidad) los sentimientos del conglomerado.
La víctima, a diferencia de lo ocurrido con el asesinato del caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948, no era un político con anclaje en el alma de las capas más pobres de la población, para las cuales encarnara hasta ese momento una cierta esperanza de redención, sino el personero de las clases medias acomodadas, letradas y ubicadas en el medio urbano de aglomeraciones superiores al millón de habitantes de la época, integradas por profesionales, amas de casa, burócratas medios, comerciantes y académicos de alguna jerarquía intelectual, con niveles de ingreso algo por encima del promedio. Además, los guarismos electorales de su movimiento “Nuevo Liberalismo” habían venido descendiendo en sucesivos comicios, hecho verificable con las estadísticas históricas de la Registraduría Nacional. El segmento del liberalismo que lo acompañaba, sentía la frustración de una unión suya demasiado prematura a la corriente general predominante, y el grueso de ese partido, por el contrario, quería cobrarle políticamente el ascenso catastrófico de Belisario Betancur a la Presidencia de Colombia, merced a la división que su candidatura disidente había provocado en las filas liberales mayoritarias. Su deceso, pues, no parece haber puesto en peligro los intereses preponderantes en ese momento hacia una sucesión, pero fue lo suficientemente grave como para obtener el amplio repudio ciudadano, y al amparo de tan explicable sentimiento, pudo montarse una aviesa campaña bajo cuya cobertura escalofriante fue posible generar una normatividad de coyuntura, que le abrió las puertas al adefesio jurídico de una revolución por decreto, plagada de nefastos precedentes contra los derechos y garantías sociales e individuales que nuestra anterior Constitución consagraba.
El político desaparecido era inteligente y controvertido. Su paso por el Ministerio de Educación bajo Misael Pastrana, le ganó poderosos amigos, abrió válvulas a la expresión subversiva y anticultural en las aulas y originó también oleadas de críticas, algunas fundamentadas, otras no tanto. Llevado a una posición eminente merced al influyente padrinazgo del expresidente Carlos Lleras Restrepo, supo oxigenar las filas del Partido Liberal, prohijar tesis expresadas en lenguaje novedoso y técnico y posturas diáfanas en lo moral, que suplieron la falta de un respaldo electoral suficientemente voluminoso como para asegurarle la victoria.
Nadie como él podía ser tan lamentado como opción –un poco nebulosa, es verdad-, de cambio en las costumbres inveteradas y viciosas de una clase política desgastada por el largo experimento del llamado Frente Nacional. Si bien careció Galán del carisma empenachado de un caudillo o de gestos de corte populista demasiado espectaculares, fue respetado y escuchado, no solamente por el apretado almácigo de sus fervorosos partidarios, sino aún por sus antagonistas más acendrados y hostiles. Su muerte podía prestarse al aprovechamiento que oportunamente desencadenase, tomando el suceso como eje y pretexto, una situación conflictiva excepcional. Bastaba revestirla de un aura de martirilogio para exaltar las pasiones, y soltar una furiosa jauría de inconscientes en cualquier dirección que resultara conveniente a los autores del percudido complot, si bien se sobreestimó el impacto emocional que habría de suscitar sobre el ánimo desprevenido del pueblo raso.
Quizás los autores del crimen imaginaron que serían capaces de desatar la segunda edición del 9 de abril, con las perturbaciones, destrucciones y violencias del trágico bogotazo. Pero aunque no contó con las terribles dimensiones de reacción colectiva, en parte por no disponer el occiso de suficiente arraigo entre las amplias masas del pueblo, y en parte por estar el país con la sensibilidad adormecida debido a sucesivas alteraciones, que embotaron su capacidad de asombro y de respuesta, fue suficiente el homicidio para enervar el climax histérico y la cacería de brujas que siguieron a la comisión del vituperable asesinato.
Treinta y un años después, a pesar de haberse dictado sentencias condenatorias contra autores materiales e intelectuales, no deja de especularse sobre las verdaderas intenciones del horrible hecho que llegó, dentro de un ambiente viciado, creado artificialmente o no, hasta la expedición en 1991 de una nueva constitución política.
Hoy, sin duda, la única opción de cambio para nuestra Patria la encarna Gustavo Petro Urrego, quien de ninguna manera se doblegará, como lo hicieron Luis Carlos Galán (Nuevo Libelalismo) y Alfonso López Michelsen (MRL) ante esa clase infame, arraigada en sus vicios políticos, pues Petro sí tiene el caudal electoral suficiente y, además, conoce, comprende y siente a Colombia que son las características esenciales de todo conductor. Dios quiera que Gustavo Petro llegue vivo a los próximos comicios presidenciales, Él es nuestra esperanza de redención.



