LOS CONQUISTADORES ESPAÑOLES – (segunda parte)

0
1047

OPINIÓN

Por: Jorge Urzola Rego

 

Dije antes, que convenía precisar que la conquista española no vino a destruir culturas florecientes. Que fueron los ibéricos acogidos como un destino temido y pronosticado por los profetas de las culturas indígenas más avanzadas.

 

Pues bien, ya no eran los maravillosos sombreros de tres toneladas izados inexplicablemente sobre la frente de los monolitos de la Isla de Pascua, ni las pirámides de Copán, Chichén Itza, Machu Pichu y Teotihuacán, ni los pilares del incipiente templo de Cucunubá lo que se erigía, sino arduas rivalidades y rencillas que despedazan la unidad tribal, muestra de decadencia y desánimo, las que se están escenificando en el momento de la llegada del hombre blanco. Aztecas y toltecas están trenzados en feroz guerra de clanes, el Zipa de Bogotá guerrea también con el Zaque de Tunja y lo mira con ojeriza, Huascar está mortalmente enfrentado con su primo Atahualpa en el incario. Todo ello es muestra de la descomposición de culturas ya maduras y en proceso de desintegración, al carecer de ulteriores posibilidades de desarrollo. Sin mamíferos grandes para el transporte (salvo llamas, alpacas y guanacos del Perú y el Alto Perú, que apenas pueden trabajosamente con una arroba de carga), sin cereales nutritivos, aparte de esa gramínea pobre llamada maíz, sin la rueda (que solamente aparece como motivo ornamental en el calendario de aztecas y mayas), sus cuchillos de obsidiana y sus herramientas de hueso y piedra, de poca utilidad podían serles para trabajos más complejos. Buena era su agricultura de terraza, su sistema de almacenamiento no dejaba qué desear, sus vías de comunicación y su sistema de señales (quipu) y de intercambio y mercadeo eran buenos, justa su organización social en calpullis y ayllus. Pero conviene anotar que tal organización social comunitaria no carecía de dureza, como otras. Marx trata de disociar la organización egipcia de la del incario, aunque ambas presentan asombrosas coincidencias. Ehrendorf estima que la construcción de la pirámide de Teotihuacán, en las vecindades de la ciudad de México, exigió el trabajo de 10.000 hombres durante 20 años. Aún las culturas andinas eran antropófagas. Los aztecas acababan de comerse el corazón de 20.000 prisioneros cuando llegó Cortés, así esa antropofagia fuera ceremonial y solamente devorarse el corazón de la víctima vencida. Las culturas aborígenes andinas decadentes, y las culturas de valle y llanura, demasiado primitivas, estaban condenadas a estancarse.

 

Existían claras diferencias somáticas y étnicas entre los indígenas de las alturas diferentes. En las mesetas y picos de los Andes y la altiplanicie del  Anahuac, la estatura baja de incas, chibchas, mayas y aztecas contrastaba con la majestuosa y sanguinaria apostura del orgulloso tupi-guaraní de la cultura caribe. Dos culturas divergentes se asentaban: la cultura del maíz y la cultura de la yuca, que marcaron la frontera a las dos familias de pueblos. Mientras los andinos mascaban el maíz para fabricarse su aletargante chicha y se dopaban con hojas de coca, los de las tierras calientes usaban el yagé ceremonial para drogar a sus curacas, y tejían y decoraban diversamente su tipití o sibucán para separar la venenosa substancia violeta de la yuca brava, y fabricar su mañoco o fariña (especie de polvo de yuca que engaña el hambre) y su chivé (fariña endulzada y disuelta en agua). Los chibchas eran remisos al combate, por el cual experimentaban una gran repugnancia. Alquilaban más bien guerreros mercenarios de otras tribus (los llamados “güechas”, y los hacían gratos con obsequios de sal y de esmeraldas. Los mayas también.  Un español tránsfuga, Gonzalo Guerrero, casado con una india, llegó a ser nacom (jefe guerrero) de los mayas en su lucha contra los conquistadores. Traición que queda tristemente repetida por Vicente Campo Elías, feroz perseguidor de los peninsulares como renegado de su patria en los llanos de Venezuela, durante la lucha emancipadora.

 

Humboldt se maravilla de la apostura de un jefe caribe vestido para la guerra, tiznado con yerbas de colores (añil, achiote): los caribes que contempló el sabio alemán iban desde el Paraguay y el Brasil hasta las Bahamas. Eran implacables caníbales, portadores de una orgullosa divisa: “Sólo el caribe es gente”, etnocentrismo comparable al de cualquier otro pueblo orgulloso (los judíos, los nazis alemanes, “pueblo elegido”, “Herrenvolk”, etc.) Los caribes tenían como signo de virilidad y de valor una ética de sacrificios soportados con altivez, que los emparenta con las más altas manifestaciones del cristianismo militante del Medioevo. Un guerrero caribe, antes de serlo, debía sufrir el sometimiento a tremendas pruebas físicas, que incluso llegaban a poner en serio peligro su vida. Rociados de miel debían soportar la mordedura de las hormigas, desnudos sobre una hamaca y envueltos en hojas de bijao tenían que sufrir el intenso calor de una hoguera prendida debajo. Algunos morían asfixiados, pero sin formular una queja. El estúpido freudianismo judío llamaría a eso “masoquismo”. Otros menos superficiales pueden llamarlo auto-disciplina o endurecimiento. Los ingleses lo denominaron “self-contrl”.

 

Pero pese a esta ética de esfuerzo y sacrificio viril, la mentalidad de los caribes era demasiado ruda hacia lo superior, hacia lo religioso. Sus divinidades, crueles, no estaban jerarquizadas.

 

No obstante su orgullosa catadura, los caribes eran seres predatorios caóticos. En su ánimo contaba el arrasamiento, pero sin ulteriores planes. Estrellaban su rabia contra el opositor, sin medir ulteriores consecuencias. Elementales salvajes, jamás calcularon más allá del combate. Se quedaron en el estadio del batallador, sin subir al peldaño del estadista o del político.

 

Los pijaos (bautizados así por los españoles pues tenían la pija – el miembro viril- al aire), los guaraníes, los panches, los guanes, los muzos y coyaimas, todos los de la familia caribe, atacaban sin concierto alguno, fiados en la ardentía de su temperamento y morían como moscas.

 

Los andinos (incas, quillacingas, guambianos, chibchas, quimbayas, olmecas, toltecas, aztecas, araucanos), pelearon en orden, pero más reflexivos, se rindieron antes, al constatar la inutilidad de su esfuerzo ante armas tan poderosas que ignoraban y los llenaban de pavor (arcabuces, cañones, caballos, etc.) Caupolicán nunca dio batalla sin una previa y madurísima reflexión.

 

Es curioso como estos ancestros han influído en los dos tipos de comportamiento belicoso del reciente pasado, y aún del presente. Durante la violencia rural que ha afectado a Colombia desde los comienzos de la década de los treinta por causas políticas bien conocidas y económicas menos investigadas (y que encontró particular intensificación en el decenio 1950-60, y de ahí en adelante hasta hoy, el papel de guerrillero le correspondió a gentes descendientes de los caribes antropófagos en su mayor parte (occidente antioqueño y Urabá, Plan del Tolima), Norte desértico del Huila, zonas aledañas al Magdalena en los Santanderes, Llanos Orientales) mientras el papel de soldados disciplinados en defensa de las instituciones del país, lo desempeñaron tozuda y responsablemente gentes oriundas de la altiplanicie cundi-boyacence, de las cordilleras de Antioquia, Caldas y el Quindío, del macizo nariñense y de las partes altas de Santander y el Norte y Occidente de Boyacá.

 

El ancestro negroide de la población de la Costa del Pacífico y la miscigenación mulata y zamba en el litoral caribe, así como la desvinculación de las dirigencias blancas de esas regiones, y en parte su sentido de responsabilidad hacia la región, impidieron, en términos generales, la extensión del fenómeno violento a las costas.

 

La conquista española fue una lucha sangrienta. De ambos lados. Y es tonto quien crea que los españoles iban a rezar el rosario mientras los antropófagos los perseguían con el apetito mojándoles las comisuras de los labios.

 

El español de la conquista era profundamente religioso, sin embargo. Existía una honda impregnación en el pueblo del papel de su patria en la guerras de religión bajo Felipe II, los mandatos militares de Yñigo de Loyola a su orden religiosa, las contundentes afirmaciones de un dogmatismo católico vigoroso salidas del Concilio Tridentino, y la propia labor del Santo Oficio de la Inquisición. Ya hemos anotado atrás cómo el renegado Llorente quien se hizo masón para denostar, falseó y exageró la verdadera historia de esta última institución de la cual había sido secretario, mientras se ha ocultado celosamente que Enrique VIII de Inglaterra hizo asesinar 75.000 católicos británicos por el sólo “delito” de rezar el Santo Rosario.

 

La guerra santa de España contra la subversión político-religiosa de los protestantes alemanes y holandeses y de los hugonotes franceses, hizo del español común y corriente no un simple católico, sino un convencido de que su reciente lucha cruzada contra el infiel mahometano enlazaba con esta nueva batalla para “desfacer entuertos”. Y en ese ámbito de reacción contra el Mal, de contrareforma, es preciso situar el ideario de la conquista del Nuevo Mundo, En el español jugueteaban eternamente el ying y el yang de los chinos, las dos caras de la misma moneda, que se combaten a la vez: el Quijote y el Sancho Panza. Idealista y rastrero, soñador y generoso al tiempo que brutal y vulgar. Heróico y mezquino a la vez, combina un valor sin límites con bruscas caídas de ordinariez y blasfemia. Santo y diablo, es el español quizás la muestra más fehaciente de la lucha a muerte que se escenifica en los abismos del alma humana. En él hay una temeridad que se mofa y ama a la muerte con mayor vehemencia simultánea que ningún otro pueblo del mediterráneo. Es bien sabida la presencia permanente de la Parca entre los ribereños del “Mare-Nostrum”. Griegos, italianos de la Puglia y la Calabria, franceses del Mediodía, comparten con los españoles un sentimiento de la fatalidad heredado quizás de los incursores sarracenos del Medioevo. Pero en el español la presencia de la muerte no se disocia jamás de su trágico y desesperado combate para no alcanzarla sin antes cosechar el fruto de la gloria. La Muerte por eso está siempre presente en su existencia, en sus costumbres y hasta en sus monumentos (amor al peligro, fiesta de toros, Valle de los Caídos), como el resultado de una lucha pasional. Su doble condición de combatiente y jacarandoso gozador de una alegría explosiva, inclina al español en las dos direcciones de la conquista

 

A las tierras ricas, en las que se rumora que hay oro, va el aventurero acompañado por mujer blanca. Las mozas del partido, busconas reclutadas en las tabernas de los puertos, acceden gustosas al viaje ante la seductora perspectiva de lucir vestidos de brocado y joyas hermosas, conseguidas por su hombre en las nuevas tierras. Y a ése, su gozo y su amparo, lo cuidan celosamente las muchachas que se embarcan: la mujer española es universalmente conocida como brava hembra que se juega en la defensa de lo suyo, del varón que la apasiona y enamora. Esto explica el que en las tierras afamadas como veneros de oro y emporio de las joyas, una minoría blanca, todavía hoy, se superpone socialmente a una gran masa indígena pura, y que en Bolivia el presidente, para dirigirse al pueblo en algunos lugres, debe emplear el quechua y el aymará. En el Ecuador, el Perú, algunas de las “banana republics” de Centroamérica, Santo Domingo, el Paraguay y México, la composición étnica es precisamente el resultado de minorías blancas celosamente encastilladas y apoderadas en la mayor parte de los países de los centros de decisión y grandes masas indígenas bajo su comando. Han sido ímprobos los esfuerzos denodados de Haya de la Torre con su “indoamericanismo” aprista en el Perú, de poetas y escritores (“El Mundo es ancho y ajeno”, “Huasipungo”, etc.) como Ciro Alegría, Jorge Icaza y César Vallejo: la fatídica llegada del semi-dios reordenador y blanco traumatizó de tal manera al indio aborigen, que solamente la tristeza de la quena y el ensueño de la coca que lo adormece y lo libra del soroche, el cansancio, el frio y la nostalgia, consiguen mitigarle la catastrófica  desaparición de la “Pacha Mama”, de la patria milenaria que se desvaneció pisoteada por los caballos.

 

En los primeros tiempos, aún no era nostalgia sino rebeldía. Tupac Amaru, Caupolicán y Cuahuctémoc hicieron tentativas sangrientas e inútiles. Después vendrá el milenarismo del redentor mesiánico de la raza. Se conserva entre los chibchas en secreto la línea dinástica del Zipa. Y al estallar la rebelión comunera, Ambrosio Pisco, el titular del derecho de sucesión, es paseado en triunfo, y los indios se prosternan a besar su estribo de plata, hasta que la aventura termina con la cabeza de la última esperanza muisca colgada de una picota salpicada de sangre.

 

Ecuador, México, Perú, Bolivia, Paraguay, minorías blancas y grandes indiadas casi sin mezcla. En Venezuela, el nordeste brasileño y las apretadas motas de palmeras de los archipiélagos antillanos, predominio blanco sobre una masa de negros y mulatos (salvo en la república africana de Haití, y en Jamaica y otras islas ocupadas por piratas ingleses, franceses y holandeses, y gran cantidad de Zambos (mezcla de indio con negro). Y en el extremo sur (Argentina, Chile, Uruguay y el sureste brasileño), blancos de origen italiano, alemán, y algunos otros de orden español, con muy leve mestizaje, víctimas de una muy grande y permanente angustia de desadaptación que nace de sus afectos europeos, que no se avienen a aceptar integralmente su nueva realidad americana. Sin confrontar ghettos, como en Norteamérica, pues son abrumadoramente mayoritarios frente al gaucho, al huaso y al bandeirante, no hunden sus raíces espirituales en la ancha tierra de manera cabal. Han transportado a Iberoamérica sus odios y sus técnicas, sus reveses y esperanzas, y se comportan como aves de paso, retenidas contra su querer y su afición, en un suelo que sienten ingrato e irreal. Las querellas portuguesas, italianas y germánicas revisten para ellos un interés más grande que las realizaciones y tentativas de sus vecinos de continente.

 

En las tierras descubiertas por De Soto y abiertas por los monjes franciscanos (el padre Sierra, etc.) en California, Texas, Oklahoma, Nuevo México, Arizona y Florida, los chicanos, una especie de parias de origen mestizo (aborigen mexicano cruzado con anglosajón) forman un ghetto de confinados dolido y doliente.

 

En lo que hoy es Colombia ocurrió por contraste con este panorama étnico, un hecho particular y único: hemos hablado más arriba de la religiosidad del conquistador español y de la preferencia mostrada por las primeras mujeres blancas hacia las colonias afamadas por la abundancia de su oro (Perú y Nueva España –México- especialmente). Pero como aquí no teníamos ni un Cuernavaca ni un Potosí, los hombres que se arriesgaron debieron venir solos. Y hombres al fin, decidieron hacer suyas a las indias, no sin que su conciencia experimentara grandes torturas. Los teólogos españoles consultaron al papa (Alejandro VI, por aquella época), si los indios tenían un alma inmortal. Pero los caminos del sur de Francia eran muy malos y estaban infestados de piratas sarracenos, y además el papa estaba demasiado ocupado con su hija Lucrecia y su hijo César, con sus aventuras palaciegas con la Vanozza, sus disputas con Savonarola y sus corridas de toros en el Vaticano, como para detenerse a definir por medio de una bula tamañas insignificancias. Pero mientras la respuesta del disoluto pontífice se demoraba, el sexo urgía a los hombres en medio del calor de las selvas, y los españoles se dieron a fornicar con las indias, tomadas una veces como botín de la conquista y otras recibidas como regalo de amistad de los propios caciques, como fue el caso de las hijas de los jefes guaraníes, de cuya gozosa entrega nos da cuenta Rui Díaz de Guzmán. La conciencia en el español de su pecado lujurioso, al margen de los cánones y sacramentos, se agrandaba con el agravante de un posible pecado de bestialidad, al haber hecho uso de un animal, o sea, de alguien cuya alma no estaba muy claro si existía o no. Como consecuencia de esta tortura interior, el español prohibió terminantemente a la india con quien había holgado que refiriera al mestizo, hijo de esa unión, las circunstancias de su nacimiento.

 

Poco a poco, algunos caciques pacíficos que habían sido transformados en mayordomos de las encomiendas, empezaban a ser presionados por sus indios para que no le sirvieran al español en detrimento de los indios avasallados. Se multiplicaban las fugas de tribus enteras de “indios cimarrones” hacia las zonas escarpadas de monte tupido, en donde el número limitado de españoles no podía arriesgarse demasiado, y en donde, además, los caballos y los perros que se usaban para estas cacerías humanas eran menos útiles. Esto dio origen al minifundio agrícola poblado de labriegos que erosionan las tierras colombianas de ladera. El rey, finalmente, dictó una medida benévola y práctica además, que reconocía esta situación de hecho, y surgió así la institución del “resguardo de indios”, que permitía a los indios fugitivos el libre usufructo y propiedad de las tierras nuevas por ellos desmontadas para plantar sus maizales.

 

Pero volvamos a nuestro mestizo colombiano. Su madre india, en gran secreto, y quebrantando con ello la prohibición del padre español, le había referido la razón de su nacimiento y la identidad de su padre. A la vez el ibérico, al desertar su mayordomo indio y condolido del mestizo – su hijo al fin- lo hizo mayordomo. Una sorda frustración se había apoderado del mestizo: la de ser hijo de blanco y no poder acceder al status de consideración y riqueza de un blanco, y la de ser al mismo tiempo hijo de india, y por lo mismo, estar condenado a soportar el plano subalterno reservado dentro de la nueva sociedad a la raza dominada. Su estrategia personal se enderezó entonces a dos objetivos: imitar al blanco, aprender de él, asimilar su cultura lo más integralmente que le fuese posible, sus técnicas, sus modales. El Inca Garcilaso es un buen ejemplo de esta aculturación. Y de otro lado, hacer pagar a los indios el lastre étnico, que actuaba como limitante en su vida. Fue así el mestizo quien aniquiló casi totalmente a los indios no mestizados en nuestro suelo, no el hispano, cuya política cristiana y humana era muy diversa. En Chile también, los mestizos lucharon activamente contra los araucanos en las milicias del rey. Murieron, es cierto, indios en luchas contra los españoles en nuestro territorio. Como murieron españoles. Pero siempre en batalla. Algún encomendero también abusó. Pero no fue la regla general. España mandaba severísimos visitadores, estableció los juicios de residencia y cercó la vida de las comunidades indígenas de reducciones y resguardos que impidieron su aniquilación.

 

En los llanos orientales de Colombia existe cacao silvestre todavía (hoy próspera actividad), remanente del que fuera sembrado por indios en las reducciones de los padres jesuitas, en donde los evangelizadores predicaron en guahibo y los indios cantaron a coro en latín, al son de rústicos órganos de cañas fabricados por los religiosos, en conmovedor ejemplo de interpenetración de culturas, jamás repetido después. Nada de esto tiene que ver con la feroz política colonizadora del coronel saxoamericano Bill Cody (“Búffalo Bill”), expresada en su célebre y terrible frase: “El mejor indio es el muerto”, con la cual se dirigió el metódico exterminio de los pieles-rojas norteamericanos.

 

Las gentes de mala fe han inventado la fábula de que el indígena fue diezmado por la sífilis, traída por los soldados y capitanes de España. Conviene reproducir aquí lo que un serio profesor sueco, Magnus Morner (1924-2012), dice al respecto: “Los especialistas concuerdan en que la sífilis hizo su primera aparición bien documentada durante el sitio de Nápoles por los franceses en el año 1495. Pero no hay acuerdo sobre su origen.  La llevaron desde el Nuevo Mundo los marineros de Colón o, por el contrario, se originó en el Viejo Mundo?  Este problema es quizás imposible de resolver, a causa de la vaguedad de los diagnósticos medievales y de la confusión con otras enfermedades venéreas de Europa y Asia”. La miscigenación entre el blanco y la india se dio extensivamente en lo que hoy es Colombia. En cinco siglos ha venido surgiendo una nación mestiza que hará de aportar la sabiduría del milenario Extremo Oriente investigado en nuestros ancestros raciales aborígenes  por el profesor Paul Rivet y comprobado en la experiencia de la expedición polinésica de Heyerdahl (balsa Kon-Tiki); con la energía creadora, el valor, el misticismo y la voluntad de los españoles: alegres andaluces, industriosos vascos, caballerescos y doctos castellanos y leoneses, ingeniosos catalanes y valencianos, vigorosos gallegos y asturianos, tenaces aragoneses, de cuya emulsión creadora en el amplio crisol humano de Colombia saldrá la raza cósmica que anunciara Vasconcelos, mejor dotada que cualquier otra de América para crear la civilización amazónica que heredará y ampliará , limpiará y dirigirá diversamente los restos declinantes de la cultura del Occidente europeo, hoy moribunda, al caer para siempre el frágil coloso de Norteamérica.

 

El Nuevo Mundo también le dio su amplia contribución a la Madre española. El conquistador traía una inmensa ansia de poder y de espacios abiertos. La cárcel pétrea de las nuevas ciudades lo embarazaba y atosigaba. El español de la conquista es un hombre medieval. Es un negador de lo corpóreo, objeto de putrefacción. Los cuadros de Velásquez y de El Greco llevan la carne cubierta, y solamente los ojos –ventana del alma- transparentan el fuego espiritual, mientras las manos se asoman apenas tímidamente por entre los sayales de los santos. Se habla de los órganos sexuales como de las “vergüenzas”. El hombre medieval manifiesta la carne como un enemigo. Será entonces monstruosa y repugnante. Los mendigos de Brueghel, los monstruos en el ábside de Notre Dame, el dragón de San Jorge, son figuras caprichosas, de órbitas saltadas, largas orejas y alas de murciélago, para expresar el desprecio por lo material. El español no tendrá canto gregoriano ni –aparte de Santiago de Compostela y Burgos- el alma podrá fugarse en la ojivas hacia un equilibrio de masa y energía en lo alto. El español  será extremista y ascético.  A tiempo que la carne contenida insurge en los lienzos del Giotto y en las exuberantes abdominales e ilíacas de las madonas de Rubens, España se fuga hacia América para darle salida sutil al hambre de corporeidad que posee al hombre del Renacimiento. Las fantasías sexuales no se confinan al mármol de Miguel Angel, ni se expresan retorcidamente en la pasión de un Lutero por la monja Borel, ni se colorean con el pincel de un Leonardo. Más auténticos, los españoles realizarán su fantasía en las formas exóticas del ancho espacio que el Destino les ha regalado. Sus pintores y literatos del siglo de Oro continúan adscritos a los cánones del arte sombrío y meditativo del Medioevo, con la sola adicción de la perspectiva, magistralmente entendida en sus cuadros. Si la Contrarreforma da los trabajos insignes de Suárez, Vives y Vitoria, las obras literarias de Lope y Calderón y la pintura magnífica que se enseñorea en El Prado y otros museos de no menor renombre hoy, el Renacimiento de España es su epopeya conquistadora, En los relatos afiebrados de Antonio Herrera, de Antonio de Solís, de Bernal Díaz del Castillo, de Pedro Cieza de León, de Juan de Castellanos, de Lucas Fernández de Piedrahita, pero sobre todo, de los religiosos Fray Antonio se Calancha, Fray Pedro de Aguado y Fray Pedro Simón, la conquista se vuelve un desplegar de la imaginación, atizada por el calor de los trópicos y la humedad de la selva: los caimanes son dragones; las palmeras, festones de las reinas aborígenes; las serpientes, infernales apariciones del Averno; las dantas, feroces jabalíes; los troncos perforados por el rayo, tronos de genios maléficos. Toda la imaginería española se enriquece, y enriquece el relato exuberante de esta naturaleza pródiga que se teme y se desea al mismo tiempo. El Renacimiento de España fue la conquista.

 

Fuentes consultadas:

 

“Formación de la Unidad Española” – Joseph Calmette, Luis de Caralt, Barcelona, 1949.

“Torquemada, Gran Inquisidor de España” – Margarite Jouve, Ediciones Ercilla, Santiago de Chile, 1935.

“Tartessos” –  Adolfo Schulten, Revista de Occidente, Madrid, 1924.

“Los Aztecas” – Victor W. Von Hagen, Editorial Joaquín Mortiz S.A., México, 1972.

“Los Mayas” – Victor W. Von Hagen, Editorial Joaquín Mortiz S.A., México, 1972.

“Popol Vuh – Antiguas Historias de losindios Quiches de Guatemala”, Editorial Porrua S.A. México, 1966.

“El Estado Español en las Indias” – J.M. Ots Capdequi, fondo de Cultura Económica, México, 1965.

“La Mezcla de Razas en la Historia de América Latina” – Magnus Morner, Paidós, Buenos Aires, 1969.

“Genio de España” – Ernesto Giménez Caballero, Edit. Jerarquía, Barcelona, 1939.

“La Leyenda Blanca”,Ignacio Escobar López, Edit. Cultura Hispánica, Madris, 1953.

“La Lucha Española por la justicia en la Conquista de América” – Lewis Hanke, Aguilar, Madrid, 1967.

“Los orígenes del hombre americano” – Paul Rivet, Fondo de Cultura Económica, México, 1969.

 

 

 

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí