OPINIÓN
Por: Jorge Urzola Rego
No se sabe bien qué es más ridículo: si la pretensión que algunos tienen de ser tataranietos de condes y duques de estirpe española, o la rotunda afirmación de otros de que los españoles fueron unos perdularios ávidos de sangre y de oro, que regaron viruela y sífilis al compás de su mandobles e interrumpieron la pacífica y ordenada marcha de culturas indígenas admirables.
Digamos ante todo que los españoles si eran hombres violentos. Pero imbuídos al mismo tiempo de una muy honda mística espiritual. Ocho siglos guerreando contra los moros hicieron de ellos hombres de caballería. Caballeros. Pero no caballeros en el sentido cortesano y urbano de Don Pedro María Carreño, el autor de la consabida “urbanidad”. Civismo (que viene de civitas, civitatis, ciudad), urbanidad (de Urbs, urbis-ciudad), y cortesía (modales de la Corte), huelen a ciudad, tienen una indudable estirpe urbana, que junto con la palabra arcaica polimento (hoy pulimento) se refieren a la polis griega, con desconocimiento de los modales del labriego, a quien se le tacha de rústico, grosero, vulgar y patán. Pero estos caballeros, a horcajadas sobre su bestia, rurales y enamorados de la campiña castellana y manchega, son grandes caballeros de todos modos, para quienes la vida se gana y se honra guerreando, al mismo tiempo que se arrebata la gloria al golpe de su incesante equitación. El botín arrancado al vencido en su alimento. El caballero español es ave de presa, animal de rapiña, como llama Spengler a los hombres de guerra. Ha perdido el hábito del trabajo servil: allá atrás, en la remota retaguardia, quedan las amadas hembras y los asustadizos que cultivan legumbres, hortalizas y frutales y se regodean con el correteo de las aves de corto vuelo y la recolección de sus huevos: en la opinión de los guerreros, ese es oficio de cobardes, tímidos donceles no bragados ni mucho menos audaces, que no están como ellos en el frente, poniendo su pecho en la furia de los alfanjes y cimitarras de los jenízaros del califa de Córdoba.
El árabe de España era un gozador. Un refinado voluptuoso que se cubría con damascos y cueros de cordobán, y decoraba con primor sus aceros entre los orfebres judíos de la aljama de Toledo. Moro siempre presto al diálogo, a la transacción, al cabildeo, al igual que sus parientes semitas, los israelitas, quienes ya desde los tiempos de Tartessos y de la expedición de Aníbal, usaron del astuto lenguaje del mercader para descomponer los ánimos, aplacar las conciencias, y al conjuro mágico de la componenda, efectuar pingües operaciones comerciales de las que surgiría esa cultura de tránsfugas de la periferia de la contienda que se ha llamado la cultura mozárabe. El castellano, el leonés, el aragonés y el navarro eran de otra catadura. En Poitiers, el condestable Carlos Martel rechazó a los árabes y les vetó la entrada a Europa. España sola, con sus vascos de acero, puso el pecho en ese día, aunque solamente se hable de los navarros a raíz de ese mitológico y legendario Don Pelayo, semi-celtíbero, semi-gascón, quien con un puñado de valientes, y refugiado en las serranías de Rañadoiro, Peña Rubia, El Brezo, Peña Ubiña, Cavarrubias, Cantabria y los montes de León, hizo el largo camino de la austeridad y de la resistencia contra los hijos de Alá, vestido de harapos y pieles de animales, con su Fe celtíbera, romana y visigoda, esplendorosa de rayos espirituales bruñidos por el yunque de los siglos. De la Cantabria castellana, leonesa, navarra, aragonesa, asturiana y gallega, la protección de Sant-Yago y el brazo del Cid y de los suyos, pasea esa banda altiva de halcones hasta las soleadas tierras andaluzas en una epopeya de ocho siglos ecuestres, hasta que las lágrimas de Boabdil, el último rey moro de España en la roca de Tarifa, le ponen fin a la gran aventura y cruzada.
El jinete de BabiecaCon la Tizona empuñada
Hizo trizas en combate
La arrogancia musulmana
Pero el combate pasó. Era necesario pensar en trabajar nuevamente. Trabajar! Odiosa palabra para ellos, hombres de a caballo, caballeros. Palabra y acción reservada para los artesanos y labriegos de la retaguardia, los plebeyos que no habían expuesto su vida en la contienda. La nueva sociedad, que del azar de la batalla (que puede hacer la gloria o la deshonra), pasa a la monotonía de la paz (con su cansancio de viñedos y vacadas) parece ofrecer pocas oportunidades para la adaptación del guerrero licenciado. Además, no hay trabajo para todos, ni todos quieren trabajar. El malestar surge agudamente en esta sociedad de soldados en franquicia, que nada quieren oír sobre rutinas y deberes cotidianos insulsos. Las fuentes de crédito descansan en los judíos, traficantes enriquecidos mezquinamente de dinero, (mientras los españoles heroicos se cubrían de gloria), llenos de maravedíes al socaire de las hostilidades, medrando como ratas ávidas de los bienes de los cadáveres y el pingüe y morboso tráfico de armas entre ambos beligerantes. Con típica cautela de comerciantes astutos, se muestran remisos a invertir, pues desconfían de esos hombres rudos venidos del norte. Les temen por instinto, pues los saben portadores de una religión que detestan y los aborrecen porque poseen el culto por la fatiga, el sacrificio y el esfuerzo como un estilo militar de vida, tan opuesto a la molicie y el hambre de placeres de sus anteriores huéspedes, los árabes. En las aljamas, en donde han erigido sus sinagogas y viviendas, se cuentan las monedas de oro con avidez de avaro y se hacen espinosos cálculos de fuga y extorsión.
En la España reconquistada, las costumbres sufren un agudo sacudimiento. Un tropel de rufianes, capitanes, siervos famélicos, jugadores de cartas mugrientas, mujerzuelas alegres, hábiles para elegir y desplumar a la presa, estudiantes que tañen la guitarra olvidados por completo de la universidad, conforman el clima social que comienza a vivirse a consecuencia del desempleo. Basta leer la novela picaresca toda, para descubrir un fárrago de costumbres disolutas. En el Quijote habla Cervantes de la Santa Hermandad, especie de policía montada, que el gobierno de los Reyes Católicos tiene que organizar a toda prisa para proteger el tránsito por los caminos, infestados de bandidos asaltantes y de cuatreros. La turba de guerreros cesantes se desparrama por las ventas y por las tabernas, tratando de revivir, al calos del vino y al impulso de la bellaquería, escenas sangrientas a las cuales se han habituado, y que esta vez, por el ámbito vulgar, no entran en las páginas de la Historia sino, a lo más, a los atestados de los alguaciles y de los justicias encargados de la represión del delito. La situación es pre-revolucionaria, caótica. Vicio y desorden llegan inclusive a contaminar a ciertas esferas de eclesiásticos.
Los judíos nadan como peces en el agua en este caldo de corrupción. Avisados, prestan a los menos con intereses usurarios, para financiar barraganas hermosas y toneles de amontillado, joyas y preseas para una austera nobleza que apenas se asoma a la magnificencia del poder. En cuanto a los otros, se utilizan como capitanes del despojo, como alguaciles para los desahucios, golillas para consumar jurídicamente la ruina de los deudores insolventes. Los vencedores se enredan en sus espuelas, víctimas de una minoría de astutos de la retaguardia, de especuladores y prestamistas. De ahí que no sea de extrañar el que, al igual que ocurría en la Rusia de fines del siglo XIX exista una honda animadversión popular contra los judíos, la misma que en Francia se expresó en las páginas de Drummont contra Dreyfus y otros militares traidores, y que en Alemania se volvió contra los tenderos judíos con motivo del asesinato del diplomático Von Rath por el judío Grynzpan.
En España se agranda el “Crucifícale” de las voces de la turba judía que signó la maldición de su raza frente al pretorio en el que, mansamente, esperaba Cristo, el cordero. Ya durante la dominación visigoda, los concilios de Toledo estigmatizaron y condenaron a los judíos. Tocará ahora al confesor de la Infanta, Fray Tomás de Torquemada, la depuración de la fe de las adherencias de los “marranos”, nombre dado por la plebe a los ingeniosos usureros israelitas. No obstante, el número de judíos contumaces llevados a la hoguera es mucho menor que el que se volvió leyenda en las mentiras del renegado secretario inquisitorial Llorente. Tan sólo a los ralapsos y blasfemos, y a quienes ejecutaban misas negras con sacrificios humanos de niños cristianos de corta edad y escarnio de vasos sagrados hurtados de las iglesias católicas, les fue aplicada la pena de la hoguera, puesto que los demás, o se convirtieron en la quinta columna de los “judíos conversos”, y tomaron nombres de santos (Santodomingo, Santamaría, Sanclemente, Santángel), de regiones o ciudadaes (Valencia, Castilla, Navarra, Córdoba, Toledo, Galicia, Asturias, León, Sevilla, Granada) o accidente geográfico (ríos, montaña, sierra, otero, etc.) o para no abjurar públicamente huyeron hacia la Anatolia turca y hacia Holanda (Países Bajos). Duros son con la Inquisición, institución histórica, los mismos que disculpan los asesinatos jacobinos de la guillotina del Terror robesperiano, las inicuas masacres conocidas como “purgas” en la era soviética staliniana, y los genocidios de católicos bajo Isabel I, y Enrique VIII, o el exterminio de Nagasaki, Hiroshima, Dresde, Hamburgo o Vietnam, (para no hablar del horror de la política invasora que ha desatado Estados Unidos contra países débiles, después de la segunda guerra mundial), sin comprender las costumbres y situaciones de cada época particular, no para disculparlas, sino para no extremar su severidad hacia unos y la indulgencia hacia otros, de manera tendenciosa.
Llega entonces el acontecimiento: un marino Cristóforo Colombo, despliega las banderas que la Providencia puso enfrente del pendón de España en esa hora crítica.
A España le cayó la breva del Descubrimiento cuando su excelente material humano estaba desesperado, al borde de la revuelta, víctima del desempleo que dejaba el final de la guerra de la Reconquista Española.
Esa multitud que había perdido el objetivo de sus vidas casadas con la aventura, se embarca ahora en las naves que conducen al Nuevo Mundo desconocido. El nuevo mundo que parece desvanecer el geocentrismo de los astrónomos antecesores de Galileo. Vesalius y el español Miguel Servet han descubierto que la sangre circula por las venas. Tocará ahora a los campeones ibéricos regarla generosamente para bautizar un mundo. Los portugueses Albuquerque y Magallanes y sus intrépidos compañeros de la escuela de ciencias náuticas de Enrique el Navegante, abrirán al conocimiento los territorios. La enseña española irá a acaballarse sobre los Andes después de hazañas sin cuento, Y crueldades. Porqué no? Las conquistas no se hacen con hermanas de la caridad. Todos los hombres de presa son brutales.
La soldadesca no se recluta por su mansedumbre y moralidad cuando de una gran empresa histórica se trata. A la conquista de América no vinieron duques ni condes. Ellos habían sido también crueles guerreros, esforzados campeones, infanzones de pro. Armados duques después de una batalla victoriosa, se fu volviendo la distinción obtenida cosa hereditaria. Y se sabe que cuando no se tiene la casta a flor de piel y en los nervios de los músculos, el privilegio, que es fruto amargo del sacrificio y del esfuerzo, se convierte en almohada para el egoísmo y la inmovilidad de muchos, que niegan la dureza de un sentido militar de la vida, para que la cobardía y molicie de su ricas vestiduras y adornos supla la sed de gloria y el decorado vigoroso y personal del genio. El hijo de Napoleón, el hijo de Cromwell, fueron mediocres. Y tan solo una rigurosa y austera formación salvó a los Asturias y a los Hapsburgos de la degradación. Filipo no le dio a su hijo Alejandro de Macedonia concubinas hermosas, sino caballos briosos y exigentes maestros. Escipión el Africano fue el fruto de una educación intolerante y severa, que sin contemplaciones se enderezó a pulir un producto humano de alta calidad. Los nobles de la conquista de América son, pues, un mito bondadoso con el que algunas familias de pigmento blanco disimulan las busconas y los ladrones colgados en algunas ramas de sus árboles genealógicos. Aquí fue el porquerizo Pizarro quien conquistó con su espada el Tahuantisuyo de los incas, y el deudor moroso fugitivo en un tonel (Balboa) quien abrió el camino hacia el Mar del Sur u Océano Pacífico. Nadie de campanillas vino. El bachiller Quesada fue una “rara avis”, poco común por cierto, que conjugaba la rectitud del hidalgo con el arrojo del candottiero. Pero esos hombres barbados e hirsutos conquistaron, en un puñado ínfimo pero resuelto de valientes, un imperio mucho más vasto que el de Gengis Khan y sus millones de mongoles amontonados en hordas desalmadas pudieron conquistar tras una lucha de tres generaciones. En esta desmesurada hazaña de unos pocos españoles, radica la grandiosidad del hecho conquistador.
Hecho temerario y resuelto si hay alguno. No es otra cosa que temeridad, en efecto, la quema de naves de Cortés y la inaudita aventura selvática de Orellana, aún hoy asombrosas. Soldados a sueldo acompañaron a los elefantes de Ánibal en la azarosa marcha a través de los Alpes; mercenarios de la Legión Extranjera derrotaron a Abd-el-Krin en Noráfrica; condotieros de fortuna hicieron los escalofriantes episodios de César Borgia. Rachas de aventureros impulsados por el oro han estampado sus sellos sangrientos a lo largo de la Historia universal. Pero a diferencia de los mercenarios beldas de Katanga, estos hombres no traían el riñón bien cubierto. Un flechazo, una fiebres, una canoa que naufragara en medio de caimanes, podía separarlos del nebuloso Dorado, de una recompensa aurífera entrevista apenas.
Encontrar en el sólo móvil de la codicia el resorte de estos hombres es una pobre excusa para no bucear a fondo en sus motivos. Lejanos motivos estos de los de los simples mercenarios, por una terca lealtad a las ideas de justicia, de Dios, a su rey católico. El letrado Quesada, único hombre de mediana ilustración que llegó entre los primeros blancos, hace ajusticiar detrás de Monserrate a un español que ha despojado a un indio de sus mantas. Es un sentido sumario de la justicia y del derecho. En todos los repartos, el botín reserva siempre el quinto real, que no será disminuido ni ocultado jamás: el monarca debe siempre recibir lo suyo.
Además, conviene hacer una precisión importante: la conquista española no vino a destruir culturas florecientes. Fueron los ibéricos acogidos como un destino temido y pronosticado por los profetas de las cultura indígenas más avanzadas, Los gritos de “Huiracocha”! y “Quetzalcoatl”! con que fueron acogidos triunfalmente los españoles por incas y por aztecas, la categoría de dioses que les fue atribuída en un comienzo, muestran hasta dónde esas culturas, ya agotadas, ponían su fe exclusivamente en lo externo, y presentían ya que con la llegada del blanco se marcaba su ocaso. Un fresco en el Templo de los Guerreros, en Chichen Itzá, representa una lucha entre nativos y los asaltantes llegados por mar, los cuales tienen una piel blanca y los cabellos rubios. Dos vasos procedentes de Chimbote y de Trujillo (Perú), representan guerreros de piel negra que se enfrentan a guerreros de piel blanca, o al menos de color muy claro.
Este aspecto de las culturas aborígenes que encontraron los españoles, su florecimiento y decadencia, me permitiré tratarlo en una próxima entrega sobre la conquista española que inició hace 528 años.



