Adiós al profesor Bustillo, ‘cazador’ de la babilla de Altamira

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Esta es la maravillosa crónica del periodista JUAN CARLOS DÍAZ, publicada en su petfil de Facebook. Disfrútenla

 

Murió en Bogotá uno de los personajes bolivarense más ilustres, el sanjacintero Germán Bustillo, el ‘hombre que todo lo sabía’. Pacheco lo inmortalizó en un canto.

 

Por JUAN CARLOS DÍAZ MARTÍNEZ

 

Después de terminar el bachillerato en Cartagena, Germán de Jesús Joaquín Bustillo Pereira (El profesor Bustillo), intentó seguir los pasos de su padre, el médico sanjuanero Gabriel Bustillo Rodríguez y se presentó en la facultad de medicina de la Universidad de Cartagena, pero su intentó no se cristalizó.

Un tanto decepcionado, no tuvo otra opción que regresar a San Jacinto a esperar otra oportunidad para complacer al Doctor Bustillo, y lo que encontró fue un universo rupestre y enriquecedor que deslumbró al joven que se había marchado hacía 5 años a estudiar en el colegio La Salle de Cartagena.

Lo primero fue que consiguió un cupo como profesor en el reputado colegio Instituto Rodríguez, con el Viejo Pepe, y lo otro fue que empezó a conocer y a aprender de cerca la magia folclórica que envolvía cada calle y cada rincón del pueblo que lo vio nacer en 1947.

El mismo profesor Bustillo le comentó a un paisano suyo que ese tiempo que estuvo de regreso a San Jacinto fue vital para su futuro, tanto por sus primeros pasos como formador de estudiantes, como por lo que vivió de cerca al lado de los grandes músicos del pueblo como Andrés Landero, Adolfo Pacheco y Toño Fernández con sus gaiteros.

Quiso la buena fortuna que por esa misma época el compositor Adolfo Pacheco también se encontrara en el pueblo tras fracasar en el intento de ser ingeniero de la universidad Javeriana (melancólico momento que Pacheco denominó como el ‘desastre del 60’), y el destino los juntó a los dos como maestros en el mismo colegio donde ambos habían estudiado la primaria.

Pacheco era profesor de matemáticas y español, y Bustillo de geografía, historia y ciencias sociales, en tercero y cuarto de primaria.

“En esa época los salones de tercero y cuarto no estaban divididos y yo aprovechaba que a Germán le gustaba empezar la clase y nos quedábamos, tanto los alumnos como yo, embobados escuchándolo hablar sobre la segunda guerra mundial. Desde esa época ya lo sabía todo”, nos comentó Pacheco.

Y, desde entonces, forjaron una gran amistad, que se cimentó en las tertulias literarias y filosóficas de los recreos, las parrandas de los sábados y el gusto por las peleas de gallos y por los caballos finos.

“Recuerdo que su tío, Nando Pereira, al único que le prestaba una yegua hermosa llamada ‘Serenata’ era a Germán, una persona a quien era imposible no cogerle cariño”, precisa Pacheco.

LA RABIA DE DON PEPE Y EL ESPÍRITU DE MATERA

Uno de sus alumnos, el gestor cultural y escritor, Freddy Chamorro, lo recuerda como un profesor brillante, quien daba las clases con tanta sapiencia, que era de las pocas en las que todos los alumnos iban con gusto.

“Fue el único profesor que nunca nos pegó”, afirma, explicando aquellos tiempos del Instituto Rodríguez, ceñido por su director bajo el muy usual método de esa época que tenía como frase de combate: la letra con sangre entra.

El Viejo Pepe, que supo la negativa del profesor Bustillo en castigar a sus alumnos, quiso dejarlo en ridículo delante de ellos en más de una ocasión, dando paso, con una de ellas, a uno de los actos sublimes en el llamado ‘anecdotario rodriguero’.

Ese día, el director y dueño del colegio juró que iba a poner en su sitio a Bustillo Pereira, y le interrumpió una clase de historia: ‘Bustillo, me dicen que usted lo sabe todo, vamos a ver si es verdad”, le dijo y tomó una tiza y un borrador para escribir un problema matemático de regla de tres compuesta.

Sin entrar en precisiones, el ejercicio que el maestro Rodríguez le disparó a Bustillo decía más o menos así: “En San Jacinto está cayendo un aguacero y hay un tanque en donde caen 2.500 mililitros por segundo; al mismo tiempo hay un mico que abre la pluma del mismo tanque y por ahí salen 750 mililitro por segundo. ¿Cuántos litros de agua le quedan al tanque luego de dos horas de lluvia con la misma intensidad?”.

Bustillo se pasó la mano por la barbilla, cogió la tiza y el borrador y le dijo: “lo voy a hacer por álgebra”, y empezó a escribir en el tablero: “supongamos que tanque es X y mico es Y…”, cuando de pronto sintió la mano de Don Pepe arrebatándole la tiza: “déjate de vainas, a mi no me vas a engatusar con eso: tanque es tanque y mico es mico”, y salió despavorido del salón al ver que ya Bustillo tenía el problema resuelto.

Cuenta el compositor Adolfo Pacheco, que otra cosa que caracterizaba al profesor Bustillo era los miedos y las fobias. Le tenía pavor a la sangre, a las cucarachas, a los ratones, y de ahí nació el consejo del músico para que desistiera de pensar en estudiar medicina, “Germán, no estudies eso, estudia derecho, tu pa’ médico no sirves, si le tienes miedo hasta a una salamanqueja muerta”.

A tal punto llegaba el delirio de pánico de Bustillo Pereira, que cuando le tocaba cuidar a los alumnos internos un día a la semana, en horas de la noche, siempre que iba al baño lo hacía acompañado de un revólver 38 que le regaló su tío Nando Pereira.

Cuando Pacheco le preguntó que porqué iba armado para orinar en el baño que quedaba en el patio, le dijo: “Me dijeron que aquí salía el espíritu del viejo Pascual Matera”, un empresario italiano que fue dueño de la casa donde funcionaba el colegio.

LA BABILLA DE ALTAMIRA

Mucho antes de que el país entero conociera de la sabiduría de Germán Bustillo al lado de Juan Gossaín en el noticiero de RCN Radio, de que se graduara de abogado de la universidad Externado de Colombia, con especialidad en derecho público, de que fuera elegido diputado por Bolívar y magistrado del CNE, de que se convirtiera en filósofo, historiador, asesor jurídico y catedrático de la Universidad Militar, Nueva Granada, Escuela Militar de Cadetes José María Córdoba, universidad Sergio Arboleda, Externado, Jorge Tadeo Lozano, San Buenaventura, entre otras, en las áreas de derecho público, filosofía del derecho e historia constitucional, el ‘Hombre que Todo lo Sabía’ fue el protagonista de una de los cantos inmortales de su paisano y amigo Adolfo Pacheco, con la interpretación de Andrés Landero.

Obligado por esa especial circunstancia de estar en el mismo espacio y tiempo de varias de las leyendas del foclor colombiano, era irremediable que una mente tan prodigiosa como la suya, buscara explorar a detalle ese compendio de arte popular que se producía en San Jacinto, y qué mejor que las parrandas que se armaban en cualquier esquina, casa o finca.

En una de ellas, justamente, Altamira, de propiedad de Rodrigo Barraza Salcedo, primo de Bustillo, se realizaron consuetudinariamente jaranas propiciadas por Pedro Barraza, padre de Rodrigo, y quien aprovechaba el cariño que todos sentían por Germán para urdir una trama bajo el ropaje de cacería de una babilla que estaba acabando con los patos que le regaló el propio Pinochet a Rodrigo Barraza en Chile.

“Germán era muy bueno para la caza y pegaba muy bien con la carabina, así que la excusa de ir tras una babilla ‘comepatos’ era perfecta”, sostiene Pacheco.

En su campero Land Rover, Don Pedro, como lo llamaban, durante varios fines de semana seguidos recogía primero a Ramiro Barraza para que le manejara el carro; después a Bustillo, de inmediato a Pacheco y por último a Landero para armar la parranda en Altamira. Cuando ya estaban seguros que no ‘había moros en la costa’ iban por las chicas para completar el jolgorio que incluía ron Tres Esquinas, música en vivo y sancocho de pato.

“Fue Luis Romero, trabajador de la finca, quien le avisó a Rodrigo que en Altamira no había ninguna babilla, que era don Pedro con Landero, Bustillo y yo, quienes todos los fines de semana armábamos parrandas y sancochos de pato, con la compañía de mujeres”, recuerda Pacheco con nostalgia, reptiendo un estribillo de su composición: “¿quién no ha tenido en su vida una babilla de Altamira?”

Hasta allí llegó el desorden, pero a cambio nació un canto costumbrista que brilló y brillará en la voz y el acordeón de Landero por los siglos de los siglos: La babilla de Altamira.
Paz en la tumba de unos de los más grandes personajes de San Jacinto, Bolívar y Colombia.

San Jacinto (Bolívar). 3 de noviembre de 2019.

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