RAZÓN DEL PASADO

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OPINIÓN

Por: Jorge Urzola Rego

Un presente sin raíces ni antecedentes, es un presente mutilado. Nadie puede comprender ningún fenómeno sin examinar previamente sus antecedentes, sus causas próximas y remotas. Las cosas no están ahí por accidente.

Alguien o algo las puso allí o las formó y transformó, les dio sus colores y texturas, su aspecto. Lo casual, lo accidental, no existe en términos absolutos. Siempre hay una causa.

Exactamente igual sucede con la vida presente. Entender el drama colombiano solamente se conseguirá si analizamos los hechos ya ocurridos, de manera crítica, pero a la vez, respetuosa. Todo lo sucedido ya, lo irremediable, tiene una pátina que lo hace invulnerable a los criterios imperantes hoy. Si no se sitúa el investigador dentro de las ideas, prejuicios y opiniones existentes en el ayer remoto o cercano, no podrá desentrañar el significado de las ocurrencias. Causa risa el ingenuo optimismo de quienes quieren borrón y cuenta nueva. Bolívar los llamó “constructores de repúblicas aéreas”. Sin cimientos, cualquier construcción será endeble. Aún los más intransigentes revolucionarios deben operar sobre un substrato cultural existente, y ni aún el más desaforado de ellos podría dejar de examinar con su prisma la realidad, por deformado que este prisma sea. Pues bien: en la propia configuración de los conceptos y errores de su visión equívoca han intervenido elementos del pasado, que así él se niegue a reconocerlo, actúan y lo prejuician y condicionan. La satisfacción de los demoledores es desoladora y mueve a lástima. Su modernismo es un pobre sustituto de lo contemporáneo. Porque nada surge por generación espontánea. El fugaz presente es apenas un dato, un eslabón entre lo que ya fue y lo que vendrá. Y negar la concatenación histórica es apenas prueba de extrema ignorancia.

Algunos llaman “iconoclastas” a quien se atreve a tocar cierto tipo pernicioso de mitos. Desde luego el símbolo emocional, el estereotipo, el mito y la leyenda son elementos claves para la comprensión de los comportamientos humanos. Sin ellos, se derrumba toda la historia de la cultura. Los utensilios solamente son parte ínfima del ambiente vital humano. Los signos conforman el cauce por donde corren metas, propósitos, luchas que le dan sentido a la existencia. Pero los mitos ramplones de la pseudo-historia de Colombia han sido laboriosamente erigidos, no para exaltar el patriotismo de la gente, sino para reforzar una caricatura de los sucesos, que enmascare tanto la verdad como sea posible, y sirva de biombo a los manejos de ciertos intereses bastardos. Empeñarse en la refutación de determinado tipo desacreditado de “investigaciones”, decir las cosas sin agua en la boca ni respeto por esas estatuas chirles alzadas en memoria de hombres y mujeres discutibles y hasta vituperables en algunos casos, se convierte en un horrendo pecado, no solamente para los núcleos de académicos que no parecen tener otra tarea que la de maquillar y embellecer a ciertos monstruos históricos hasta hacer de la propia historia colombiana una agradable fábula demoliberal para el consumo masivo y no digerido por parte de la gente joven; sino también para algunos chacales periodísticos menos eruditos, pero que no pueden abstenerse de echar su cuarto a espadas sin grave escrúpulo para sus conciencias jacobinas y enorme lesión para ávidos y menesterosos bolsillos, generosamente subvencionados por los empresarios de la farsa.

Fernando González, citado por Indalecio Liévano Aguirre en su libro “Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra Historia” (Ediciones Tercer Mundo, Volumen II, 4ª Edición, Bogotá, página 837) afirma que “La Historia Oficial, fabricada por Santander y sus hijos espirituales, todo lo ha falsificado (…..) viene en la Nueva Granada el reino de los Abogados, de los distingos y disputas, los sueldos y las prebendas” …
Nuestra historia no puede ser fruto de la improvisación. Para presentarla objetivamente se debe acudir a archivos en Colombia, España e Inglaterra, donde se encuentran valiosos documentos que consignan relatos de testigos presenciales, opiniones de narradores y comentaristas de cada época, de investigadores y ensayistas cuando sea posible, estadísticas y descripciones servirían para descubrir la verdadera Historia de Colombia.

Verdad y Justicia son las grandes servidoras de los trabajos históricos serios. Solamente puede expresarse la verdad, dice Hilaire Belloc, cuando con precisión se citan los hechos conocidos, teniendo en cuenta la jerarquía de sus valores. Hay que conceder más importancia a lo importante así esto parezca una perogrullada. Lo de menor importancia debe ser relegado al puesto que le corresponde. Y nada, en lo posible, debe ser omitido. Contar la verdad a medias es a veces la manera más sagaz de decir mentiras. Solo de esa manera, contando con pruebas y testimonios, podremos desbaratar una a una y para siempre las falacias, calumnias y silencios cómplices de la historiografía beata que hemos sufrido.

 

*La responsabilidad del contenido de la columna es de quien la escribe y no de www.elgrifonoticias.com

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