El Grupo Puerto de Cartagena, a través de su Fundación, ha llegado a los barrios de su área de influencia y en especial ha creado un programa para los más pequeños, pero que impactó la vida de una gran mujer, la de Sandra Salas Barba, cuya trayectoria es testimonio de superación y compromiso social.
Lo que comenzó en 2014 como una participación en el programa ‘Saberes’ siendo madre comunitaria en el barrio Ceballos, se ha convertido hoy en la coordinación general de los Ecoguardianes, una iniciativa de la Fundación Puerto de Cartagena que educa a través de la lúdica a más de 160 niños en la ciudad anualmente.
La historia de Salas es la de un liderazgo forjado en el terreno. Su desempeño destacado en los procesos de formación pedagógica —que incluían música, poesía y canto— le abrió las puertas para liderar un grupo, luego dos, hasta llegar a coordinar los siete grupos que hoy conforman la red de Ecoguardianes en comunidades como Santa Clara, Zapatero, San Isidro bajo, Ceballos, Nuevo Oriente, Las Colonias y Albornoz. Su evolución profesional refleja la importancia de empoderar a los líderes locales para gestionar programas que realmente resuenen con las necesidades del territorio.
Pedagogía desde el juego: “Aprender no tiene que doler”
El éxito de Ecoguardianes radica en su filosofía disruptiva frente a la educación tradicional. El programa atiende a niños entre los 7 y 11 años bajo una premisa clara: no es una escuela convencional. “Nosotros enseñamos desde el juego. El juego es nuestra principal herramienta”, explica Salas.
Las sesiones, que tienen lugar cada ocho días durante tres horas, abordan los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la sostenibilidad a través de bailes, foros, música y rompecabezas, alejándose de la rigidez académica para enfocarse en el desarrollo de habilidades socioemocionales y ciudadanas.
Esta metodología logra que los niños se ‘enamoren’ del programa, olvidando que están en un proceso formativo y asumiendo compromisos serios con su entorno. La filosofía del programa trasciende lo puramente ecológico, ya que busca que el niño promueva el cuidado de sí mismo, del otro y del entorno.
Según relata la coordinadora, “aprender no tiene que doler, no tiene que ser un proceso triste ni riguroso”, y es esa alegría la que garantiza la permanencia y el entusiasmo de los participantes.
Niños que educan adultos: un impacto que trasciende el aula
El impacto de Ecoguardianes se mide en la capacidad de sus participantes para convertirse en multiplicadores de cambio. Los niños no solo aplican lo aprendido, sino que corrigen conductas en sus hogares y escuelas. “Si yo corrijo la conducta de un adulto, él me va a decir ‘no se meta’, pero si un niño le dice ‘señor, no tire basura’ el señor escucha”, afirma Salas.
Estos pequeños líderes han llegado a organizar campañas de reciclaje en sus colegios y a fungir como guías turísticos en el oasis portuario, explicando la fauna y flora local a los visitantes como parte de su proceso pedagógico.
Un componente vital del programa es la ‘Tienda de Trueque’, una estrategia de economía circular que motiva el reciclaje. Los niños recolectan residuos específicos (plástico PET, tapas y latas pequeñas) con ayuda de sus familias y vecinos.
Este esfuerzo se recompensa con puntos o billetes simbólicos que luego pueden canjear por juguetes y tecnología en una gran tienda organizada por la Fundación. Esta dinámica no solo limpia el entorno, sino que involucra activamente a padres y vecinos en la misión ambiental.



