Por: Jorge Robledo

 

Como es obvio, a quienes han malgobernado a Colombia en los últimos 16 años, y más atrás, les quedó gustando. De ahí que quieran que en 2018 el Presidente sea otro de “los mismos con las mismas”, como ya lo denunciara en sus días Gaitán, de forma que con cara ganen ellos y con sello también. Que se sigan enquistados en el poder los que han puesto el ciento por ciento de los presidentes y han condenado al país a una economía de mercado tan mediocre como grandes han sido sus esfuerzos por ocultarlo, y a unos índices de desigualdad social y corrupción que nos avergüenzan ante los países que sí han tenido éxito en la modernización de su aparato económico y sus relaciones sociales y políticas.

 

Y se empeñan en que esta sea la segunda elección presidencial consecutiva montada sobre una pelea de perros y gatos, manipulada para que los colombianos no puedan reflexionar, viveza traída de la confrontación de décadas entre liberales y conservadores que con tanto éxito usaron los antepasados políticos y de todo orden de la Unidad Nacional y el Centro Democrático. El que no conoce la historia está condenado a repetirla.

 

Los de mi generación nos criamos en el miedo y el odio a los del partido que no era el de nuestros padres, y eso que ya los jefes del liberalismo y el conservatismo habían dado la orden de parar la matanza que azuzaron y que dejó unos doscientos mil asesinados entre los campesinos y las gentes sencillas de los dos partidos, en tanto las diferencias entre sus jefes políticos y los beneficiarios de sus medidas nunca fueron más que pleitos por el botín burocrático y la imposición de prácticas que enriquecían a unos y a otros pero que no desarrollaban al país. Por ello fue que el Frente Nacional en nada modificó el orden económico y social, incluido aplicar todo lo que dictaminaran en Washington, pero sí impuso como orden legal la dictadura política bipartidista y el reparto al cincuenta por ciento de la marrana burocrática y contractual.

 

Ese miedo que producía escalofrío, aceitado con la corrupción clientelista y el poder de un Estado repartido como botín, más la hábil utilización del disparate de un alzamiento armado que nunca tuvo ninguna justificación verdadera, les permitió a los mismos controlar la política durante varias décadas. Y cuando les empezó a fallar el truco, pero también como un engaño a los colombianos, les sacaron crías políticas al liberalismo y el conservatismo, auténticos clones en todo lo fundamental, que mantienen a Colombia presa de un modelo de país que en muchos aspectos tiene más premoderno que de moderno.

 

Para el muy notorio propósito de regresar a Colombia a los días de la hegemonía liberal-conservadora pero con otros personajes, las cúpulas del santismo y el uribismo están usando el proceso de paz –y no es que no pueda debatirse al respecto–, de forma que los colombianos, envenenados, no puedan darse cuenta de que a ese proceso lo convirtieron en cortina de humo para ocultar que si son 50 los temas principales, santismo y uribismo están de acuerdo en 49, y que con cualquiera de ellos que gane en 2018 volverá a triunfar el pacto que bien ilustra que los mismos con las mismas sostengan al Fiscal Martínez, al que impusieron el Grupo Aval y Odebrecht, financistas de sus dos campañas presidenciales en 2014.

De ahí que ellos estén tan agresivos contra Fajardo y la Coalición Colombia, ayudados por los incoherentes que se aliaron con Santos desde el 2010 y votaron por este y por Vargas Lleras en la primera vuelta de 2014 o respaldaron al gobierno después. Porque los mismos saben que Fajardo es el único que puede ganarles, con el respaldo del Polo, los Verdes y Compromiso, verdades que están generando que millones de colombianos de todos los orígenes sociales y políticos, mamados de los malos gobiernos y políticos de siempre, se conviertan en el fenómeno ciudadano capaz de vencerlos y empezar a superar la crisis que vive Colombia.

 

A quienes se preguntan que por qué tomé mis últimas decisiones, una respuesta breve: además de lo dicho hasta aquí, afirmé que en la Coalición Colombia ocuparía el puesto que me tocara para construirla, inspirado en la idea de toda mi vida de que en política solo hago lo que considere mejor para el país, incluso si entra en contradicción con mis intereses personales.

Foto archivo

No hay lugar en el departamento de Bolívar en donde llegue el candidato presidencial, Germán Vargas Lleras y no se recuerde entre otros, el lamentable episodio del “Coscorrón” a su escolta.

 

La popularidad del candidato por firmas y ex vicepresidente Vargas Lleras, no sube como coco, al contrario, baja como espuma.

 

Una espuma, que, aunque intenten sus asesores de imagen subir, no hace sino bajar.

 

“Él cree que posando de buena gente, va a ganar votos, está muy equivocado, aquí en Cartagena lo conocemos muy bien”, dijo un transeúnte, cuando vio al candidato caminar por las calles de la ciudad.

 

Otro dijo: “Si fue capaz de pegarle el coscorrón al escolta, que lo protegía, que no hará, si llega a la presidencia de la República”.

 

No es buena la imagen que arrastra el candidato Germán Vargas Lleras. Como tampoco, fue bien visto, que lanzara su candidatura por firmas y darle la espalda a los partidos políticos en Colombia.

 

Otros candidatos o pre candidatos a la presidencia de la República, gozan de mayor popularidad en Cartagena y Bolívar. Eso debería preocuparle, porque parece que esa nube negra, se está extendiendo por toda la Costa Caribe.

 

            

 

 

 

                 

 

 

 

 

 

 

 

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