Editorial.

 

Cuando mi familia me dijo que quería ir a playa, pensé en seguida que Playa Banca, en la isla de Barú, sería la mejor opción. Arena blanca, mar de tres colores, paz y tranquilidad. Pero lo que encontré fue totalmente opuesto.

 

Desde la llegada comienza el calvario, 10 mil pesos el parqueo. Las carpas con dos sillas o  asoleadoras no bajan de 30 mil pesos. Una bandeja de pescado (normal) 30, 35 y hasta 50 mil pesos.

 

Ya acomodados, pensamos que lo que venía era descanso total. Que equivocado. Comenzaron a llegar ejércitos de gente, con ollas, que llenaron de inmediato la playa.

 

Pero eso no fue lo peor. Nativos jóvenes, pasaban por el lado de las mujeres que tomaban el sol y les decían cualquier cantidad de vulgaridades. Siempre refiriéndose al sexo.

 

Pasado el sofoco, nos encontramos, a un grupo de jóvenes que tranquilamente fumaban marihuana mientras pasaban frente al CAI de la Policía.

 

Ya aburridos, desgastados, moralmente opacados y tristes, decidimos ingresar al mar. Ahí fue quizá lo peor.  Las lanchas que transportan los pasajeros desde el muelle de La Bodeguita a Playa Blanca, contaminaban con el humo, a tal punto que los bañistas tenían que salir para evitar el mareo.

 

Como si fuera poco, el conductor de una lancha que jala el gusano inflable, sin ningún control, ingresaba desafiante, casi hasta la playa, con el motor encendido y a toda velocidad, sin tener en cuenta que podría herir o matar a alguien con la hélice.

 

Lejos de ser un tranquilo día de playa, lo que nos encontramos fue un desorden total. Una Playa Blanca sin Dios ni Ley. Donde todo el mundo hace lo que quiere.

 

 

 

 

 

El Fenómeno del Niño, sin duda ha puesto sobre el tapete muchas falencias, especialmente del Gobierno Nacional en materia energética. También ha causado graves consecuencias a nivel ambiental. Los ríos se están secando, no hay peces y los pescadores ya no tiene comida para llevar a sus hogares, se están acabando los cultivos y los animales se mueren de sed.

 

Los alimentos escasean y los usureros se aprovechan y elevan los precios a su antojo.

 

En la historia reciente de nuestro país, no se había vivido tan ola de calor y falta de lluvias que nos tienen al borde de un racionamiento. Pero no todo es malo.

 

Jamás había visto tal autocontrol de la ciudadanía, para cuidar al máximo el preciado líquido, al punto que ya casi no se ven mangueras conectadas en las terrazas, desperdiciando agua, lavando carros y regando matas.

 

Pero lo mejor que trajo el Fenómeno del Niño, fue la paz en los barrios menos favorecidos. El fenómeno natural, logró lo que las autoridades no pudieron durante años en Cartagena, acabar, o por lo menos, minimizar la cantidad de peleas entre pandillas.

 

Para nadie es un secreto, que los anteriormente denominados “Jóvenes en Riesgo”, aprovechaban los aguaceros para formar tremendas trifulcas callejeras. Cada vez que llovía o por lo menos serenaba, las familias de bien, cerraban sus puertas y se ponían a orar, porque sabían que de inmediato se enfrentaban las pandillas.

 

Pues como lo ven, no todo lo que trajo el Fenómeno del Niño es malo. En los barrios donde poco llegan las autoridades, están felices o por lo menos tranquilos, porque bajaron notablemente las peleas de pandilleros. Ya las láminas de eternit ni las ventanas están rotas. Bajaron los saqueos a las viviendas y ya no tienen que soportar los terribles gases lacrimógenos mientras se esconden debajo de las camas.

 

 

 

                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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