Opinión

Por: Fredy Machado

 

“Luces, cámara y acción... “

 

Si hay algo que caracteriza al colombiano en su vida práctica es su infinita creatividad. Sin embargo, esa visión no coincide en materia de obras y de políticas públicas pues en vez de “pensar en grande”, siempre nos quedamos cortos.

 

La dimensión austera de la escultura de nuestro Libertador en la Plaza de Bolívar en Bogotá, lo dice todo. En vez de un Bolívar monumental preferimos un Bolívar humilde, quizás por su origen Caribe.

 

Y pensar que la construcción de carreteras de doble calzada es una ocurrencia de estos días y que por culpa de un político “visionario” no hemos dado el paso del “Metro”, por seguir promoviendo un sistema de buses articulados que en materia de capacidad de respuesta a la demanda del servicio, no va para ninguna parte.

 

En el tema de Justicia, las películas americanas, desde siempre, nos vendieron la idea de que el mejor sistema era el anglosajón y un día cualquiera adoptamos la oralidad, como una estrategia efectiva, para combatir la congestión judicial y modernizar nuestro sistema.

 

La oralidad se nos presentó como la panacea.

 

Entonces, en teoría, ocurrió el cambio: un día nos acostamos como jueces de un sistema escritural y nos levantamos como jueces americanos...

 

De entrada una cosa no cuadraba. Era difícil entender por qué en las películas gringas cada juez tiene una sala de audiencias amplia y un despacho adjunto, para reunirse con los abogados cuando se requiere amonestarlos o darles instrucciones en privado, infraestructura que no se replicó en Colombia.

 

Entonces el Juzgado dejó de ser el juzgado para dar paso a unas secretarías comunes o centros de servicios que hacen inaccesible a los usuarios, cualquier contacto con el Juez. Pero lo más complicado, el centro de servicios asume la administración de un número limitado de salas de audiencias pues en la Justicia oral a la colombiana “no hay cama para tanta gente”.

 

Mejor: las salas de audiencia no son suficientes.

 

Bueno, aceptemos que se imponen razones de manejo racional de los recursos. Pero ese manejo racional, como ocurre con la movilidad en las vías de todo el país, nos ha llevado a la institucionalización del “pico y placa” en la asignación de salas de audiencias.

 

No hay nada más triste y desesperanzador en la práctica judicial que presenciar el nefasto espectáculo de un juez en el pasillo a la espera que se desocupe una sala de audiencias confundido entre las partes, los testigos, el público, un periodista y un vendedor de tintos.

 

Esa imagen gris es de nuestra cosecha pues eso no abunda en las películas de Hollywood.

 

No podemos seguir pensando de esa manera como sociedad. La Justicia requiere recursos para no mostrar tanta pobreza y para materializar en favor de los usuarios, el postulado constitucional de una justicia pronta y cumplida. Lo peor es que el diseño de las Salas de Audiencias no es pomposo sino tan escuálido que los juicios ya no son públicos sino privados pues en ocasiones sólo se asignan seis sillas para los asistentes y dos de ellas las ocupan los guardianes del Inpec.

 

Se nos ocurre decir, exagerando, que un juez sin sala de audiencias es como una tienda de Juan Valdez sin café o como un sacerdote sin Iglesia. La idea no es copiar los sistemas por el simple capricho de “copiarlos” pues eso genera excesivas expectativas, consolida la improvisación generalizada y nos conduce a perder una nueva oportunidad de transformación para posicionarnos como sociedad.

 

En Cartagena estamos cansados de reclamar de la gerencia de la Justicia -nivel central-, la construcción de un Palacio de Justicia digno. Desde luego que debemos pensar en grande y lo más importante, reclamar unas salas de audiencias que se aproximen a las que desde que tengo memoria nos muestran los gringos en sus películas.

 

 

                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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